miércoles, octubre 21, 2009

Sobre la muerte del autor (mexicano)






Hipotermia. Álvaro Enrigue.
Enrigue coquetea, en más de un relato de este libro, con lo que algunos llaman el tópico metaliterario. Resultan recurrentes los devaneos reflexivos del narrador-escritor en torno al sinnúmero de tragedias y contadas recompensas del proceso de escritura. Para tener una idea general de las impresiones que produce el conjunto hablaré de dos cuentos en particular. De no haber hallado a mitad del libro esa joya de título perfecto: Sobre la muerte del autor, mi relato favorito hubiese sido: Diario de un día de calma: ocho páginas donde se consignan los berrinches y ansiedades de un escritor en busca de la necesaria soledad que su oficio requiere, y que —en un abrir y cerrar de ojos— se transforma en una reelaboración caprichosa de la Odisea, con un Ulises anclado en un centro de veraneo que debe esperar, cruzado de brazos, a que Penélope y Telémaco se tomen la molestia de regresar para llenar el refrigerador y refutar sus comentarios sobre besisbol. Sobre la muerte del autor, si bien salido del mismo libro de recetas, resulta más ambicioso por los ingredientes escogidos. El narrador pretende engañarnos con el repetido lamento de no saber contar la historia del último nativo Ishi, un indio yaqui encontrado en su hábitat salvaje allá por 1910. A medida que Enrigue nos informa de los pormenores que conducen al último indio estado de pureza de los Estados Unidos a terminar sus días como barrendero del Museo Antropológico de San Francisco, deja caer, casi con descuido y abulia, dudas y cuestionamientos sobre las posibilidades reales de la escritura. Por momentos, el relato se transforma en una diatriba en contra de la literalidad que el propio narrador practica al dar cuenta de la suerte del Ishi. El consabido juego de espejos, pero esta vez útil en tanto el narrador mira y se saca la lengua a sí mismo. En estos afanes, se reivindica la irrealidad del imaginario mexicano, que es capaz de bautizar a un bosque tupido y sin fauna como “El desierto de los leones”, en contraposición de la delirante sensatez de un café berlinés llamado “Einsten bajo los tilos”, llamado así precisamente por hallarse bajo una mata de tilos. No resisto transcribir el insuperable párrafo final del cuento: “A veces escribir es un trabajo: trazar oblicuamente el camino de ciertas ideas que nos parece indispensable poner en la mesa. Pero otras es conceder lo que queda, aceptar el museo y contemplar el saldo en espera de la muerte, pedirle perdón al mar por lo que se jodió. Poner en la mesa nuestras cajitas y saber que lo que se acabó era también el universo”. Un dato adicional para curiosos, la última sección del libro la integran dos cuentos “culinarios”, uno de ellos ambientado en Lima, a la que el narrador le cuelga el mote de ser la ciudad de los suicidas.

Pétalos y otras historias incómodas. Guadalupe Nettel.
A partir de la honestidad de su planteamiento y la voluntad unívoca de su prosa, el libro de Nettel exhibe muy pocos defectos. Quizá el menos tolerable sea el haber incluido un relato predecible y disonante con el conjunto como Transpersiana (hasta cuándo las historias de vouyers en edificios de departamento) y, menos reprochable sin duda, el haber cedido a la tentación de que un personaje defina a otro —con una literalidad a quemarropa, según diría Enrigue— como freak. ¿En qué consiste la belleza del monstruo? En su no darse cuenta, reza el epígrafe/consigna (de autoría de Mario Bellatin) elegido por Guadalupe para cifrar la poética de las páginas que uno está por leer y que, por lo visto, se diluyó avanzadas las tres cuartas partes del libro, justo antes de manchar al estupendo Bezoar (el relato de mejor factura), cuando la protagonista y su recién adquirido amante inician una sorda imputación de rarezas que desemboca en este calificativo impreciso y cursi: eres un freak. Es una lástima, precisamente porque la vocación unitaria que el libro adquiere proviene de esa mezcla de encanto y repulsión que ciertos personajes logran destilar, sabiéndose ubicados en los extramuros de lo habitual. Y no es que hablemos de un ejército de “raros” jactándose de sus malformaciones o relamiendo sus greñas marginales para posar ante la lente del narrador, no. Lo que Nettel logra, con ayuda de una prosa modulada y funcional, es introducirnos en el pequeño universo de los seres que ha elegido escuchar para contar sus historias, y lo hace sin despeinarse ni, mucho menos, ponerse seria, a partir de dar cuenta de los irremediables trajines domésticos o las despreocupadas infidencias de quienes, en el fondo, no son tan extraños como parecen [se entiende ahora el malestar que produce que, entre tanta sutileza, alguien se atreva a lanzar esta grosera acusación: eres un freak]. En fin, mis favoritos son: Ptosis, Bonsai, Al otro lado del muelle y Bezoar, este último urdido con las delicadas hebras en tono de confesión de una adicta que reconoce que su infierno se inició día que empezó a tragarse sus propios cabellos.

El jardín japonés. Antonio Ortuño.
A diferencia de Nettel, Ortuño se empeña en buscar tramas retorcidas que, en el mejor de los casos, le permitan exponer la conciencia maleable de sus personajes o, en el peor, el cinismo que es capaz de tallar con su pulso narrativo. De entrada, parece que nada bueno podría resultar de la combinación de estas variantes: escenarios deliberadamente degradados y un autor que hace hablar y pensar a sus creaturas como si nadie fuera tan ingenioso y deslenguado. Sin embargo, es justo decir que el libro se salva porque Ortuño tiene la habilidad de forjar frases punzocortantes de este calibre: “No me he deshecho de nuestro retrato de boda. Ni siquiera tengo la disculpa de conservarlo por los niños: ella es estéril como una mula y su carácter nunca fue el propicio para preñarse. En el retrato sonríe, dulcificados sus rasgos de halcón por el retoque. Le gustaba describirse como especial, pero yo creo que todas las personas son iguales con la luz apagada. En la cama, pese a sus veleidades, era una mujer menos que común”. Si escribir es una tediosa artesanía, Ortuño es un herrero más que disciplinado. Bajo esta premisa, los mejores resultados se advierten cuando el autor asume con humildad sus ancestrales virtudes con el fuego y el metal, y no cuando quiere pasar por artista conceptual en busca de una “instalación” muy contemporánea. Ars cadáver es una muestra lamentable de la pedantería a la que puede llegar un autor con muchas ideas y recursos puestos a disposición de la morisqueta culta. Pseudoefedrina, por el contrario, la comprobación de lo conmovedor que sigue siendo una mirada juguetona a los enigmas de siempre de la naturaleza humana —en este caso una pedestre infidelidad— contada en el tono galopante de las fiebres de las que uno despierta siendo otro, no mejor ni peor, sencillamente otro.

martes, marzo 18, 2008

Los hermanos Coen: Ethan, Joel y ¿Cormac?



Como en una escena calcada de sus películas, cierta inclinación sectaria y egoísta —me cuesta decir culposa— me obligó a ocultar bajo tierra mi gusto por sus tramas retorcidas, sus personajes ambiguos y algunos encuadres ásperos llenos de penumbras y sorna. Me mordí la lengua antes de malgastar algún comentario que empobreciera las angustias del sudoroso e infértil Barton Fink (Barton Fink, 1991) o, en el colmo del mal gusto, que intentara iluminar con estridencias el elegante desgano de Ed Crane (El hombre que nunca estuvo, 2001). En lo que se refiere a las imágenes y diálogos que los Coen me obsequiaron en un puñado de films no del todo ajenos a la gran industria, me comporté como un niño que descubre los beneficios de la usura: atesoré en privado el brillo de mis contadas monedas sin importar lo que con ellas se pudiese comprar. Pero tarde o temprano nuestros tesoros son descubiertos, y lo que creíamos íntimo resulta iluminado por reflectores entrometidos y maleducados. La última entrega de los Oscar ha originado una dolorosa sobre exposición de sus nombres. No country for old men, 2007, (inadecuadamente titulada como Sin lugar para los débiles) ha sido alabada por entendidos y advenedizos con igual entusiasmo. Nada más justo para los demoledores 122 minutos que los Coen han compuesto a partir de la novela homónima de Cormac McCarthy. No he tenido la fortuna de leer el dichoso libro de McCarthy, pero quienes han contrastado ambas versiones aseguran que los Coen han adaptado con maniática fidelidad los detalles narrativos, el ritmo y hasta el espíritu de la novela. Esta constatación no es anecdótica sino más bien turbadora si uno recuerda Blood Simple, 1984, la ópera prima de los Coen. Sería insuficiente decir que existen puntos en común o evidencias de una unidad de estilo entre ambas películas. Ambas inician con un monólogo/presagio que se vierte sobre las líneas punteadas de la carretera y los desiertos de Texas y, en seguida, la tentación que va en busca de los protagonistas (en el caso de Ray: la mujer de su jefe, Abby; en el caso de Llewelyn Moss: un maletín repleto de dinero). De allí en más, será la violencia y el pulso minucioso de los Coen a la hora de filmarla, los que urdirán el destino final de los personajes. Si bien el desaliñado y poco sutil detective/matón de Blood Simple es un niño de pecho al lado de Antón Chigurh de No Country (…), se reconoce al mismo germen del mal en sus persecuciones, disparos y un amplio listado de atrocidades gratuitas. Después de 23 años, un par de prometedores cineastas parecen haber encontrado al hermano gemelo que no olvidó las obsesiones primarias. Valió la pena el reencuentro familiar.

martes, junio 05, 2007

Caracol


"(…) ella se puso de pie y le besó la oreja, una cosa delicada, una criatura marina con el viento de su beso atrapado adentro (…)". (Lorrie Moore)

viernes, enero 26, 2007

Intuiciones sobre "Perros Héroes"


(Copio el texto que leí con motivo de la presentación de "Perros Héroes", de Mario Bellatín, en Lima. 25/01/2007)

Al ser informado de mi presencia en esta mesa, me apuré a confeccionar un pequeño inventario sobre lo que mis conocidos más cercanos piensan de la obra de Mario Bellatín o, incluso, del propio Mario.

Lo curioso de los resultados es que todos parecieron ponerse de acuerdo para responderme con una negación:

a) Bellatín jamás escribirá un libro de más de 80 páginas.
b) Bellatín nunca escribirá en sus novelas más de tres adjetivos por página.
c) Bellatín es uno de los pocos escritores latinoamericanos contemporáneos que uno sabe no está interesado en hacer una novela “comprometida” (sobre los demás aún persisten las sospechas).
d) Bellatín se empeña en negar la existencia de una “moral” con cada novela que publica.

Ante estas convicciones curiosamente definidas, repito, a través de una negación, se me ocurren las siguientes objeciones:

a) Como lo demuestran las distintas ediciones de sus obras reunidas, Mario nos ha estado engañando al publicar capítulos dispersos de un solo gran libro que, por si no lo han notado, podría hacerle frente en “volumen” (hablo de cantidad de páginas) a cualquier novela del “boom”, por dar ejemplo.
b) No debemos perder de vista el subtítulo de la obra que hoy presentamos: “Tratado sobre el futuro de América Latina visto a través de un hombre inmóvil y sus treinta Pastor Belga Malinois”; lo que nos lleva a pensar que quizá Mario ya escribió, muy a su estilo, su propia novela comprometida.

Sin embargo, la negación que, a su vez, se me hizo muy difícil negar o rebatir es la referida al supuesto afán de Mario por negar la existencia de una “moral” a través sus escritos, precisamente, porque era la menos trivial de las negaciones.

Aquello me condujo, de forma irremediable, a una vieja fotocopia de una entrevista que Mario concedió a la revista “Somos” (sí, han oído bien: “Somos”) con motivo de la publicación de su segunda novela: “Efecto Invernadero”. En esta entrevista —además de ver a Bellatín con una cabellera peinada al mejor estilo del vocalista un grupo pop español de los ´80—, se leen declaraciones de este tipo: “Detesto a los escritores morales”.

Para explicar esta sentencia, Mario señaló que su aversión estaba dirigida a quienes sienten que al escribir tienen un deber de algún tipo: de denunciar algo o de probar una teoría; precisando que los escritores a quienes más respetaba entonces eran quienes escribían sin ningún tipo de carga moral. Sin ánimo de concluir que el Bellatín de hoy sigue pensando lo mismo, debo contarles que Mario tomó como “títere” a Milán Kundera para graficar su posición y procedió a dejarlo sin cabeza con afirmaciones de esta factura: “Kundera te trata como a un tonto, te engaña con todo tipo de citas, en ese sentido me gusta más Corín Tellado porque no te engaña”.

Volveré al tema de la “moral” en unos segundos, sólo porque debo mencionar que de todas las teorías que empiezan a tejerse en torno a la existencia del llamado: “procedimiento Bellatín”, la más sugerente es, sin duda, aquella que indica que Mario busca deliberadamente “el enfrentamiento de términos que a nadie se le había ocurrido antes asociar”; por ejemplo (y en palabras de Álvaro Enrigue): “la noción liviana y definitivamente posmoderna de la peluquería de postín, con la densidad moral y medieval de un moridero”, en el caso de Salón de Belleza o, para Perros Héroes: “la coincidencia de dos naturalezas que no se frecuentan con normalidad: un entrenador y la paraplejia”.

A partir de este esquema básico (y no por ello sencillo), se dice que Bellatín dispone los elementos característicos de su obra: el protagonismo del cuerpo, un lenguaje desnudo, una puesta en escena austera; sumados todos a una voluntad narrativa que ya otro la ha definido de la mejor manera posible, comparando al narrador de cada novela de Mario con “el enfermero capaz de limpiar purulencias sin caridad y sin amor, pero con laboriosa eficacia”.

Y es bajo estos presupuestos que se me ocurre que la preocupación por la “moral” es definitoria; porque los peores enemigos de la moral no han sido los “inmorales” o los “amorales”; han sido los humoristas, y entre ellos, los más eficaces: los humoristas crueles.

Uno puede ser irónico al trucar significados, es decir, exhibir uno en lugar de otro que se deduce sin complicaciones (incluso se puede ser irónico a pesar de uno mismo, como cuando un escritor como Fernando Ampuero, digamos, escaso de protección en la mollera, dijo que “la prosa de Mario Bellatín era buena pero que no le movía un pelo”).

En cambio, lo que diferencia al sarcasmo de la ironía es la intención cruel, más allá del significado; y creo que ese es el rasgo distintivo de las novelas de Bellatín: contar “procesos” en clave de comedia sarcástica (de hecho, preferir esto a la simple tarea de contar tramas es el primer sarcasmo). El resultado de todo esto es —tal vez me equivoque pero es lo que más disfruto como lector cuando me acerco a una obra de Mario— la pluralidad de significados que pueden estar detrás de un sarcasmo llevado al extremo. Lo importante no es entender (no es reproducir lo leído y quedar satisfecho con una explicación), es intuir que más allá del texto hay una infinidad de posibilidades y que todas están allí o, más bien, se han originado allí.

Cuando era pequeño, y estaba menos contaminado de explicaciones racionales, a veces me quedaba pensando cómo es que el universo podía no tener fin (según lo dijeron en la escuela). Imaginaba una masa naranja (vaya a saber uno porqué el universo era para mí naranja) y la veía expandiéndose y expandiéndose sobre un espacio negro aún más grande que crecía y crecía a medida que la masa naranja trataba de acercarse a sus límites. Jamás la “intuición” del infinito (que no he llegado a conocer) se me ha mostrado tan al alcance de la mano. Ese es el tipo de intuiciones que encuentro en las novelas de Bellatín.

En “Perros Héroes” hay un enfermero-entrenador que no se sabe si fue primero enfermero y luego entrenador o viceversa; una madre y una hermana que clasifican bolsas con un propósito desconocido y que además no se sabe si estuvieron distanciadas del hombre-inmovil por haber sido recluidas por problemas mentales o si todo es una invención para justificar que abandonaron al hijo-hermano; un ave de cetrería encerrada en una caja que no se sabe en qué momento de descuido será devorada por un Pastor Belga; un niño escritor que dice haber compuesto un libro de “Perros Héroes” y que tal vez tenga mucho que conversar con esa niña muerta prematuramente que jugaba a las “Damas Chinas” con su madre, en la novela del mismo nombre.

Pero sobre todo hay intuiciones. Sarcasmo. Y muchas intuiciones.

Para terminar. Anotaré un sarcasmo postergado desde el 1992 (fecha de la entrevista) por Mario. Me entero que Bellatín —con la ayuda de Margo Glatz— llevará a escena, este año, una obra de Milán Kundera, el escritor moral que más detesta.

jueves, noviembre 23, 2006

Tres cucharadas sobre el amor (receta para alimentar descreídos)

“(...)
Renuncié al amor antes de saber lo que era, porque Joshua me demostró con alegatos judiciales que el amor sólo es un cuento que sirve para entretener a las criadas. Me ofreció en cambio su protección de hombre respetable. La protección de un hombre respetable es, según Joshua, la máxima ambición de toda mujer.
(...)”
.

(El Rinoceronte - JJ Arreola)
—Para mi el amor es que te vayan a buscar después del trabajo; todo lo demás, las flores, los chocolates, los regalos se los pueden meter por el (...), daría cualquier cosa porque alguien me vaya a buscar después del trabajo—

(Versión libre de lo afirmado por la prostituta Caye, personaje de la película “Princesas”, de Fernando León de Aranoa)
"(...) aquel amor era el producto, por un lado, de la actividad de la mamá y las costureras; por otro, de la abundancia de alimentos que absorbía en mi existencia ociosa. Si no hubiera habido, de una parte, los paseos en canoa y las costureras, si mi mujer hubiere llevado un sencillo traje, si hubiese permanecido en su casa, y, por otra parte, si yo hubiera vivido en condiciones normales, como un hombre que come lo necesario para su trabajo (...) no me hubiera enamorado (...)"

(La sonata a Kreutzer - León Tolstoy)

viernes, septiembre 29, 2006

Misión cumplida: el por qué de mi prolongado silencio

Algunas malintencionadas lenguas (Ay, las malas lenguas, siempre dicen la verdad, Gonzáles Prada dixit) dijeron que luego de dar cuenta de mi salamera versión del taller dictado por Juan Villoro en Lima, sencillamente no tenía más que decir o, lo que es peor, que ya lo había dicho todo. El prolongado silencio le daba fuerza a la sospecha (pobricito, es demasiado esfuerzo para este muchacho , escuché que dijeron). Hoy, cuando ya se conocen los resultados, estoy en condiciones de informar que estas semanas fueron dedicadas a una pesquisa que se traduce en el siguiente reporte: Normita Tinoco: un "perfil" escrito de costado (quien no conozca a Normita y, por tanto, a Charles "Metrónomo" Barrientos, no sabe lo que se está perdiendo). Dejó entonces el enlace para los interesados y quedo a disposición de quienes quieran encargarme misiones igual de imposibles.

miércoles, agosto 16, 2006

¿Estuvo Juan Villoro en Lima?


El tipo que se presentó como Juan Villoro no era el mismo que yo había interrogado una y otra vez en mi re-visitado y, por tanto, maltrecho ejemplar de “La casa pierde” (conjunto de relatos que le valió el premio Villaurrutia 1999), preguntándole cómo es que hacía para superar su prosa de un cuento a otro casi sin despeinarse. El anacronismo de su barba, el peinado de escolar distraído y las mejillas cilíndricas del sujeto me decían que podía ser un pariente de Juan (tal vez un tío lejano que no supo envejecer) o un actor profesional que afeitado y con bigotes también podría representar a Hitler en sus últimos días; pero definitivamente no se trataba del Villoro que jamás se había tomado la molestia de responderme desde el pedestal de la contratapa del libro suyo que más estimo.

Ese Juan Villoro, digo, el impostor, traía además una cara de disgusto que seguro le vendría muy bien para encubrir el nerviosismo de tomar el lugar de otra persona ante un auditorio ansioso de escuchar al original. El presentador intentó explicar que todo se debía a la falta de sueño y los trajines propios del largo viaje del expositor. Por supuesto, yo no me dejé convencer. Volví a mirar al felino que querían vendernos, en busca de otros detalles contundentes que lo apartaran de la liebre que prometían los anuncios: Seminario-Taller de Crónica: “El Ornitorrinco de la Prosa”, con Juan Villoro. Descubrí que vestía con sobriedad, combinando bien distintos tonos marrones y ocres, como lo haría el escritor exitoso y cosmopolita al que intentaba suplantar. Traía puesta una chaqueta de “cuello de tortuga” debajo del saco (como el personaje de “El disparo de argón”, una de las primeras novelas del autentico Villoro), lo que consideré una buena jugada de doblaje. Para cuando me percaté del largo de sus pantalones (o el corto más bien), me dije que quizá, y sólo quizá, sí podía ser Juan Villoro. Al arquear las piernas para sentarse, el sujeto dejaba a la luz unos calcetines (marrones también) lo suficientemente rudimentarios y descuidados como para ser tejidos por la madre, la esposa o la abuela del verdadero Juan Villoro. Un embaucador —con la artificialidad que se le exige— jamás estaría atento a esta clase de pormenores: estar obligado a empacar prendas tejidas por un ser querido.

El asunto fue aclarándose a medida que el Juan del que había dudado inició su exposición y se entusiasmó con la facilidad con la que el público respondía a su excelente buen humor. A pesar de su voz de agente de Ministerio Público —de esos que abundan en las películas serie “v” del peor cine charro— hablaba con el mismo ingenio y soltura del narrador aforístico y de mirada insólita que es el sello de la prosa de ficción y no tan ficticia de Villoro. Mencionó a los Juan, Lucas y Marcos de la Biblia para obtener lecciones aplicables al día a día de un cronista de hoy. Inventó una nueva terminología para los postulados Gestalt: “la circunferencia interrumpida”, disculpándose en seguida por desperdigar sin anuncio previo ese tipo de “poemas metafísicos”. Nos advirtió del peligro estético y digestivo del abuso de las “palabras domingueras” para mal sazonar un texto; y, hasta se dio maña de relatar con lujo de detalles la maldición que pesa sobre “Moacir Barbosa” (responsable directo del Maracanazo del 50), siempre con frases e imágenes para ser disecadas y expuestas como trofeos ante los desdichados que no encontraron espacio en el recinto que nos alojaba: a él, su voz y nosotros. Lo increíble es que en las casi tres horas que habló sin pausa ni desaceleración, sólo dejó escapar tres mexicanismos (una media de uno por hora): “Portería”, “Porristas” y “Padrote”. Fue la confirmación final de que era el buen Juan Villoro quien estaba entre nosotros: quién más puede permitirse este tipo de enigmas simétricos cuando moldea su discurso.

Al cerrar esa primera sesión, y como el “groupie” aplicado pero falto de arrojo que soy, me limité a pedirle a Juan que estampara su firma en mi ejemplar de “La casa pierde”. Se mostró amabilísimo y encantado con el requerimiento. Hablamos un poco sobre cosas que ahora no tengo muy claras y en algún momento, vaya a saberse por qué, me preguntó si yo escribía. Le respondí que sí y —con la inconciencia y cursilería que se puede esperar de un “groupie”— le dije que lo hacía con el irrealizable propósito de plagiarlo. Villoro dejó caer la sonrisa infantil que yo había visto durante su exposición cuando algo le provocaba gracia o vergüenza de confesar. Lo vi girar el libro y anotar algo en el reverso. Esta es la dirección de mi casa, me envías el libro cuando publiques, y ahora me disculpas que tengo que ir al baño, agregó, antes de estrecharme la mano y dejarme desamparado en el auditorio vacío.
A la mañana siguiente, el trámite que precede al inicio de ese tipo de eventos se aligeró para alegría de quienes queríamos retomar lo más pronto posible la calidez e intimidad lograda el día anterior. Juan Villoro llegó visiblemente más animado y, está vez, no tuve ninguna duda de que se trataba del verdadero Villoro. El problema vino cuando sus largas extremidades se arquearon otra vez para tomar su lugar en el asiento que tenía asignado en el estrado. Por supuesto que había cambiado de calcetines y, esta vez, eran unos perfectos y asépticos calcetines de bazar, de esos que vienen embolsados, sellados y envueltos en un pequeño gancho desde China u otro emporio de precios competitivos y manchados de horas de trabajo sub-pagadas. Calcetines sin personalidad, propios de un impostor. Por un acto reflejo traté de esconderme lo más posible en mi asiento, bajo la tonta creencia de que todos estarían riéndose de mí. Antes de salir de casa, yo había tomado la decisión de usar unos calcetines que hacía mucho tiempo mi abuela me entregó refiriendo que lo hecho a mano era mejor para enfrentar el invierno. Lo que duró ese segundo encuentro con Juan Villoro, estuve hundido en mi butaca intentando ver algún resquicio o descuido que me permitiera confirmar si ese sujeto era quien decía ser. Después de todo, para alguien que ha decidido plagiar a Villoro, es muy importante saber si ha empezado con el pié bien cubierto.