


Hipotermia. Álvaro Enrigue.
Enrigue coquetea, en más de un relato de este libro, con lo que algunos llaman el tópico metaliterario. Resultan recurrentes los devaneos reflexivos del narrador-escritor en torno al sinnúmero de tragedias y contadas recompensas del proceso de escritura. Para tener una idea general de las impresiones que produce el conjunto hablaré de dos cuentos en particular. De no haber hallado a mitad del libro esa joya de título perfecto: Sobre la muerte del autor, mi relato favorito hubiese sido: Diario de un día de calma: ocho páginas donde se consignan los berrinches y ansiedades de un escritor en busca de la necesaria soledad que su oficio requiere, y que —en un abrir y cerrar de ojos— se transforma en una reelaboración caprichosa de la Odisea, con un Ulises anclado en un centro de veraneo que debe esperar, cruzado de brazos, a que Penélope y Telémaco se tomen la molestia de regresar para llenar el refrigerador y refutar sus comentarios sobre besisbol. Sobre la muerte del autor, si bien salido del mismo libro de recetas, resulta más ambicioso por los ingredientes escogidos. El narrador pretende engañarnos con el repetido lamento de no saber contar la historia del último nativo Ishi, un indio yaqui encontrado en su hábitat salvaje allá por 1910. A medida que Enrigue nos informa de los pormenores que conducen al último indio estado de pureza de los Estados Unidos a terminar sus días como barrendero del Museo Antropológico de San Francisco, deja caer, casi con descuido y abulia, dudas y cuestionamientos sobre las posibilidades reales de la escritura. Por momentos, el relato se transforma en una diatriba en contra de la literalidad que el propio narrador practica al dar cuenta de la suerte del Ishi. El consabido juego de espejos, pero esta vez útil en tanto el narrador mira y se saca la lengua a sí mismo. En estos afanes, se reivindica la irrealidad del imaginario mexicano, que es capaz de bautizar a un bosque tupido y sin fauna como “El desierto de los leones”, en contraposición de la delirante sensatez de un café berlinés llamado “Einsten bajo los tilos”, llamado así precisamente por hallarse bajo una mata de tilos. No resisto transcribir el insuperable párrafo final del cuento: “A veces escribir es un trabajo: trazar oblicuamente el camino de ciertas ideas que nos parece indispensable poner en la mesa. Pero otras es conceder lo que queda, aceptar el museo y contemplar el saldo en espera de la muerte, pedirle perdón al mar por lo que se jodió. Poner en la mesa nuestras cajitas y saber que lo que se acabó era también el universo”. Un dato adicional para curiosos, la última sección del libro la integran dos cuentos “culinarios”, uno de ellos ambientado en Lima, a la que el narrador le cuelga el mote de ser la ciudad de los suicidas.
Pétalos y otras historias incómodas. Guadalupe Nettel.
Pétalos y otras historias incómodas. Guadalupe Nettel.
A partir de la honestidad de su planteamiento y la voluntad unívoca de su prosa, el libro de Nettel exhibe muy pocos defectos. Quizá el menos tolerable sea el haber incluido un relato predecible y disonante con el conjunto como Transpersiana (hasta cuándo las historias de vouyers en edificios de departamento) y, menos reprochable sin duda, el haber cedido a la tentación de que un personaje defina a otro —con una literalidad a quemarropa, según diría Enrigue— como freak. ¿En qué consiste la belleza del monstruo? En su no darse cuenta, reza el epígrafe/consigna (de autoría de Mario Bellatin) elegido por Guadalupe para cifrar la poética de las páginas que uno está por leer y que, por lo visto, se diluyó avanzadas las tres cuartas partes del libro, justo antes de manchar al estupendo Bezoar (el relato de mejor factura), cuando la protagonista y su recién adquirido amante inician una sorda imputación de rarezas que desemboca en este calificativo impreciso y cursi: eres un freak. Es una lástima, precisamente porque la vocación unitaria que el libro adquiere proviene de esa mezcla de encanto y repulsión que ciertos personajes logran destilar, sabiéndose ubicados en los extramuros de lo habitual. Y no es que hablemos de un ejército de “raros” jactándose de sus malformaciones o relamiendo sus greñas marginales para posar ante la lente del narrador, no. Lo que Nettel logra, con ayuda de una prosa modulada y funcional, es introducirnos en el pequeño universo de los seres que ha elegido escuchar para contar sus historias, y lo hace sin despeinarse ni, mucho menos, ponerse seria, a partir de dar cuenta de los irremediables trajines domésticos o las despreocupadas infidencias de quienes, en el fondo, no son tan extraños como parecen [se entiende ahora el malestar que produce que, entre tanta sutileza, alguien se atreva a lanzar esta grosera acusación: eres un freak]. En fin, mis favoritos son: Ptosis, Bonsai, Al otro lado del muelle y Bezoar, este último urdido con las delicadas hebras en tono de confesión de una adicta que reconoce que su infierno se inició día que empezó a tragarse sus propios cabellos.
El jardín japonés. Antonio Ortuño.
El jardín japonés. Antonio Ortuño.
A diferencia de Nettel, Ortuño se empeña en buscar tramas retorcidas que, en el mejor de los casos, le permitan exponer la conciencia maleable de sus personajes o, en el peor, el cinismo que es capaz de tallar con su pulso narrativo. De entrada, parece que nada bueno podría resultar de la combinación de estas variantes: escenarios deliberadamente degradados y un autor que hace hablar y pensar a sus creaturas como si nadie fuera tan ingenioso y deslenguado. Sin embargo, es justo decir que el libro se salva porque Ortuño tiene la habilidad de forjar frases punzocortantes de este calibre: “No me he deshecho de nuestro retrato de boda. Ni siquiera tengo la disculpa de conservarlo por los niños: ella es estéril como una mula y su carácter nunca fue el propicio para preñarse. En el retrato sonríe, dulcificados sus rasgos de halcón por el retoque. Le gustaba describirse como especial, pero yo creo que todas las personas son iguales con la luz apagada. En la cama, pese a sus veleidades, era una mujer menos que común”. Si escribir es una tediosa artesanía, Ortuño es un herrero más que disciplinado. Bajo esta premisa, los mejores resultados se advierten cuando el autor asume con humildad sus ancestrales virtudes con el fuego y el metal, y no cuando quiere pasar por artista conceptual en busca de una “instalación” muy contemporánea. Ars cadáver es una muestra lamentable de la pedantería a la que puede llegar un autor con muchas ideas y recursos puestos a disposición de la morisqueta culta. Pseudoefedrina, por el contrario, la comprobación de lo conmovedor que sigue siendo una mirada juguetona a los enigmas de siempre de la naturaleza humana —en este caso una pedestre infidelidad— contada en el tono galopante de las fiebres de las que uno despierta siendo otro, no mejor ni peor, sencillamente otro.








